La constitución y los perros

Nos gusta pensar que los perros proceden de los lobos. Tal linea genealógica no solo ennoblece al compañero del hombre sino que engrandece la figura de nuestros propios ancestros que domesticaron a la fiera de los bosques y las estepas, que convirtieron en leal y doméstico a la imagen misma de la ferocidad.
Da igual si sus ancestros son ilustres o anónimos, hoy los perros son dóciles y sumisos a la voluntad de su amo. Aquellos que son feroces, lo son por voluntad del hombre. Tanto si son pastores, guardianes, lazarillos o simples compañeros los perros son una especie domesticada.
Nadie atribuiría a esta condición un ápice de dignidad, ni entendería el adiestramiento como cultura o los hábitos como civismo.
Los perros son perros y hacen aquello para lo que son criados y adiestrados, aquello que garantiza su ración diaria y la palmada de aprobación del amo.

TRISTE Y MOJADO COMO UN PERRO...

De la misma forma nos gusta hablar de las libertades que hemos conquistado, de los derechos que garantiza nuestra constitución y de las bondades del estado de derecho.
Pero lo cierto es que el dictador se murió en su cama, la constitución fue un apaño que quiso contentar a todos dejando los temas peliagudos para ser desarrollados en leyes orgánicas y los derechos que recoge son meras quimeras que nadie espera que se haga realidad. Y el estado de derecho es un concepto extraño prostituido por aquellos mimos que deberían venerarlo.
Nosotros, como los perros, ladramos por las esquinas hasta que nos dan un palo o nos arrojan un pedazo de pan. Para que nuestra docilidad sea civismo debería ser acompañada por una ferocidad salvaje contra aquellos que incumplen las normas. Para que el comportamiento propio de animales de circo amaestrados se torne en cultura, deberíamos mostrar la sabiduría de organizar una sociedad eficaz, donde los derechos no sean literatura constitucional de ficción y para que la democracia sea un hábito debemos aprender a ejercer el poder a través de los que nos representan, relacionando el voto con la eficacia en la gestión y no con el color del pelaje de la camada.
Solo de esa forma tendremos la dignidad de ciudadanos, desechando el vasallaje a que nos someten caciques y partidos, controlados por los auténticos amos, que controlan sus jaurías con collares de oro y azucarillos de prebendas.
Hay que entender que hablar de cambiar la constitución es solo una forma de perpetuar la mentira en la que vivimos, porque el problema no es la constitución, el problema es que esta ni se cumple ni se respeta y nada hace pensar que cualquier otra vaya a ser más eficaz si no cambia completamente la forma en que nos relacionamos con el poder y con la ley.
Que se cumpla la Ley no es responsabilidad de policías, fiscales o jueces, como la defensa no es responsabilidad del ejército, ni la educación de los maestros, ni la salubridad pública de los médicos. Los hombres libres exigen el cumplimiento de las normas que han acordado, defienden su forma de vida, educan a sus hijos en sus principios y cuidan de su higiene y salud.
Basta ya de esperar que un ente abstracto paternal y bondadoso cuide de nuestro bienestar, basta de quimeras de civilización y dignidad, ejerzamos la auténtica dignidad y vivamos en civilización asumiendo el esfuerzo que ello comporta, empezando por rechazar que otros piensen por nosotros. Eso requiere esfuerzo, educación y trabajo. No puede obtenerse en el mercado de la especulación, el favor o la recomendación, no hay ofertas, rebajas, saldos ni chollos. Es un duro y largo camino que hay que empezar a recorrer si no queremos volver dócilmente a nuestro rincón, con el rabo entre las piernas a esperar un mendrugo de pan que roer.

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