El desastre del Yak-42

Hace veintitrés años, el día 26 de mayo de 2003, fallecieron en Trabzon (Turquía) sesenta y dos militares españoles en el accidente aéreo del Yak-42 registro UKM4230 de la compañía UM Air, que el ministerio de Defensa había contratado a través de NAMSA, la agencia de la OTAN.

Yak-42 UKM4230

Entre el personal fallecido figuraban componentes de los Ejércitos de Tierra y del Aire, de los Cuerpos Comunes y de la Guardia Civil, que volvían a España después de haber prestado su servicio en el cuarto contingente español de la Operación de Mantenimiento de la Paz en Afganistán (ASPFOR IV) bajo la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) de la OTAN.

El suceso fue un accidente que, sorprendentemente, no es extraño en aviación: el piloto viró al lado contrario del que le dijo el controlador, estrellándose contra una montaña en lugar de encontrar el aeropuerto.

A pesar de tratarse de un fallo humano, en los accidentes suelen intervenir otras causas.
En este caso, se especuló que el cansancio de la tripulación aumentó el riesgo de cometer un error de este tipo, pero se comprobó que la tripulación no había rebasado el máximo de horas regulado por las normativas española y ucraniana.

Logo de la NAMSA

El vuelo estaba contratado a través de la agencia logística de la OTAN. Este tipo de mecanismos están previstos para facilitar el acceso de los aliados a determinados servicios. esto permite aprovechar la experiencia, los contactos y la transparencia del proceso de contratación de la Agencia. En términos políticos, que agitaron la sociedad y indignaron al público y mucho más a los familiares de los afectados, se habló de la diferencia entre el dinero pagado por el ministerio de Defensa (149.000€) y el recibido por la compañía aérea (38.442€) Como si ese dinero hubiera ‘desaparecido’ o usado en forma fraudulenta. No fue así. Se trata de un proceso de contratación normal donde los intermediarios y los costes consumen la mayor parte del pago. Tras los hechos, la agencia reconoció su responsabilidad en los hechos, sin que hubiera consecuencias conocidas, debido probablemente a que el proceso de contratación siguió las normas establecidas y el hecho de que un proceso sea mejorable, no supone dolo ni entraña responsabilidad criminal para quienes lo aplican.

El ministerio desoyó las criticas de los usuarios de vuelos anteriores. Aunque había detalle manifiestos de envejecimiento y mantenimiento defectuoso de las aeronaves (que no fueron la causa del accidente) esa información debería haber motivado una investigación sobre la seguridad de los vuelos.
Después del accidente, la gestión de la tragedia fue un desastre. A mi modo de ver, por dos motivos fundamentales: el deseo político de abreviar el trámite para que desapareciera de las portadas de los periódicos y la aplicación rigurosa de la mentalidad paternalista y tradicional de la estructura de mando militar.

Aunque el poder político nunca lo reconoció, a los médicos que se envió a Turquía para repatriar los restos de los fallecidos se les dio la consigna de hacerlo ‘rápidamente’.
El escenario de un accidente de aviación es difícilmente imaginable por quien no ha vivido una situación similar. Entre los restos chamuscados del aparato, utensilios y equipaje que viajaba en al mismo, hay cuerpos mutilados, miembros humanos, simples pedazos de carne difícilmente identificables e incluso jirones de carne enganchados en los matorrales o vegetación circundante. Agrupar esos pedazos en 75 grupos y que cada uno corresponda a un cuerpo, no solo es un macabro rompecabezas, si no un proceso largo y muy costoso, si se quiere hacer con precisión.

Quizás se habría sido exponerlo así a las familias, con un «¿quieren ustedes unos restos, mayoritariamente de su ser querido, dentro de seis o nueve meses, o lo quieren la semana que viene?». Pero esta consulta nunca se hizo. Se aplicó el «pobrecitos, ‘para que no sufran’, vamos a hacerlo rápido», fórmula de la mentalidad tradicional basada en la pretensión de que el que manda puede decidir por los otros, como si fueran niños bajo su tutela. Además cuadraba con los deseos del poder político de ‘resolver’ pronto el trámite.
Los médicos, militares ellos, obedecieron las órdenes. Seguramente tenían pocas opciones y menos medios, pero olvidaron que los que firmaban los certificados eran ellos, no sus jefes, y tiempo más tarde la justicia consideró que se trataba de una «falsedad en documento público», y que el firmante era responsable de lo firmado.

Tampoco se preguntó a las familias si deseaban funeral íntimo o un «bonito acto de homenaje». Segun esa mentalidad patriarcal de la que hablaba, los muertos siguen siendo del ejército y como Dixon reflejó en su libro «Sobre la psicología de la incompetencia militar», a los militares incompetentes «les encantan» los actos protocolarios, ordenados y «bonitos».
El acto en si, fue un desastre. Las familias estaban indignadas muchos habían recibido de sus familiares o de compañeros de ellos noticias de las quejas sobre la seguridad de los vuelos. Los ánimos estaban caldeados y hubo algún acto grave de indisciplina por parte de personal militar que fue excusado por «la tensión del momento» y para pasar página cuanto antes.
No fue así. Las familias hicieron sus averiguaciones y reclamaron responsabilidades por los numerosos errores en la identificación de los cuerpos. El ministerio respondió torpemente, acusándoles de moverse por interés económico, lo que obviamente encendió más los ánimos, al tiempo que los profesionales en activo se hacían una idea de cual era el trato que podían esperar de la institución. Algo muy lesivo para la moral y la disciplina. Los procesos judiciales, las declaraciones políticas. las noticias sensacionalistas y las sospechas se prolongaron durante largo tiempo. Hasta catorce años después, el Ministerio no reconoció su responsabilidad en el suceso.

Tampoco se preguntó a las familias si deseaban funeral íntimo o un «bonito acto de homenaje». Segun esa mentalidad patriarcal de la que hablaba, los muertos siguen siendo del ejército y como Dixon reflejó en su libro «Sobre la psicología de la incompetencia militar», a los militares incompetentes «les encantan» los actos protocolarios, ordenados y «bonitos».
El acto en si, fue un desastre. Las familias estaban indignadas muchos habían recibido de sus familiares o de compañeros de ellos noticias de las quejas sobre la seguridad de los vuelos. Los ánimos estaban caldeados y hubo algún acto grave de indisciplina por parte de personal militar que fue excusado por «la tensión del momento» y para pasar página cuanto antes.
No fue así. Las familias hicieron sus averiguaciones y reclamaron responsabilidades por los numerosos errores en la identificación de los cuerpos. El ministerio respondió torpemente, acusándoles de moverse por interés económico, lo que obviamente encendió más los ánimos, al tiempo que los profesionales en activo se hacían una idea de cual era el trato que podían esperar de la institución. Algo muy lesivo para la moral y la disciplina. Los procesos judiciales, las declaraciones políticas. las noticias sensacionalistas y las sospechas se prolongaron durante largo tiempo. Hasta catorce años después, el Ministerio no reconoció su responsabilidad en el suceso.

Monumento en Madrid

En definitiva, este fue un suceso doloroso del que yo saqué varias conclusiones, aparte de la ya sabida: que los políticos mienten y no por que sean malvados, es que es su naturaleza.

  1. Los facultativos responden por su actuación profesional. Las órdenes no excusan de la responsabilidad deontológica profesional.
  2. El paternalismo debe ser sustituido por la profesionalidad, la disciplina y el respeto que obliga a todos los miembros del escalafón.
    Creo que estas conclusiones se sacaron por más gente y la institución militar las ha ido asumiendo como propias. Las fuerzas armadas son instituciones sociológicamente tradicionales, por razones obvias, ya que están dirigidas básicamente por una gerontocracia y se basan en la experiencia y la tradición. Afortunadamente, en mis años de servicio he visto cambiar muchas cosas, y creo que seguirán cambiando y que los nuevos cuadros de mando que se han ido formando son más técnicos y científicos y tienen un claro concepto del liderazgo responsable.
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