Como un toro

Escribir es una actividad sedante. A menudo tengo la impresión de que mis pensamientos corren por mi mente como la mayoría de los mozos en San Fermín: a todo lo que les dan las piernas, buscando entre la multitud que les rodea un espacio donde dar la siguiente zancada, sin ver un toro en todo el encierro pero sobresaltado por la idea de que en cualquier momento pueden recibir una cornada o caer por el suelo y ser arrollados por la desbandada de mozos y astados.


Y como en las retransmisiones de la televisión, la actuación de la mayoría de esos corredores, se pierde. Algunos encuentran su momento de gloria al poner la mano sobre el lomo de uno de los toros o al esquivar con habilidad la punta de una cornamenta, quedarse inmóvil cuando caído en el suelo la manada le pasa por encima, milagrosamente sin aplastarlo. Pero en el torrente de imágenes esas escenas que presagiaban una tragedia que no ocurrió o expresaban toda la esencia de la fiesta, desaparecen sin rastro, descartadas por el presentador en beneficio de otras que llamaron más la atención del realizador o simplemente decidió pinchar otra cámara.
Reconozco que a mi me gustaría hacer una formación militar con esos mozos, haciéndoles guardar filas rectas y distancias iguales entre ellos, moverse de forma coordinada para conseguir objetivos inaccesibles para una individualidad, poderlos detener y pasar revista uno por uno para desechar a los incompetentes o a los que han resultado dañados, conocerlos personalmente para ayudar a su compenetración con el equipo, estimularlos a encontrar a felicidad en el objetivo común, detectar a los que tienen capacidad de liderazgo para que a su vez motiven a sus compañeros, a los más fuertes para convertir las debilidades en fortalezas y en definitiva obtener una fuerza lógica de pensamiento, pletórica de sabiduría, sólida en su fundamento, fuerte en su argumentación, fluida en su oratoria, amable y generosa al compartir su conocimiento, cortés y tolerante con la opiniones ajenas aun siendo firme en sus convicciones.
Soy consciente de que este símil puede parecer algo militarista, por lo cual no voy a pedir excusas, es un símil de uso privado y puedo usar el que me de la gana. Los paradigmas creados por mi formación son estos y me resulta mas cómodo usarlos. Tampoco se me escapa que la primera linea, donde se declara el amor a las formaciones de lineas rectas sería calificado por Norman F. Dixon como «un signo de incompetencia» y yo coincidiré con él en que cada uno tenemos nuestras limitaciones y un cierto grado de incompetencia está más extendido que su reconocimiento por parte de los afectados. Al fin y al cabo ser consciente de ese grado de incompetencia es la única vía para intentar eludirlo.
Estos símiles utilizados, a pesar de su imperfección creo que muestran el debate que a menudo se apodera de mi mente: la lucha entre el caos y el orden, la creatividad y la productividad, la idea y el hecho.
Una de las pocas cosas que se me ocurren para poder pescar en ese río revuelto de ideas es ralentizarlo. Pensar mas despacio par poder filtrar las ideas y seleccionar las que pueden seguir corriendo haca la plaza o las que hay que sacar del recorrido. En realidad, mi poder sobre el paradigma es tal que podría hacer que fueran los mozos los que persiguieran a los toros y otras cosas más extrañas, pero creo que por el momento debo cortar esa vía y decir que eso es otra historia.
¿Donde estaba?, ¿De donde vengo?. Cuando escribes no tienes más que volver atrás en lo escrito y releerlo para centrarte. Escribir es pensar despacio. Pensar despacio es necesario para no ser arrollados por los problemas o los otros pensamientos, lleven unos u otros pañuelos rojos o cuernos.

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