Bajo el sol de la Toscana

Sábado 3 de Abril

Aunque no huí­amos de un desgraciado divorcio ni nos acompañaba Diane Lane ni su alter ego Frances Mayes, un paseo por la Toscana y la visión de sus preciosos paisajes nos dejó tan maravillados como a cualquiera de sus visitantes, reales o imaginarias.
Lo que comenzó como una batalla con el GPS para convertirse en la opción del camino más largo podrí­a haber sido un dí­a de maravillosos paisajes si no nos hubiera agobiado la prisa por ver Siena y la desesperación por no saber a ciencia cierta donde estábamos. Igual que no puede ordeñar una vaca por fax como muy bien decí­a Forges, no se deberí­a salir de excursión sin un mapa de verdad. Y no es que al afirmar esto renuncie a mi amor friki por los GPS y otros aparatitos, pero por muy práctica que sea la comida congelada uno quiere pescado fresco cuando va a disfrutar de una cena, ¿no es así­?. La lectura de los mapas de papel produce un placer y una seguridad que ninguna constelación de satélites pordrá suplir en un futuro previsible, igual que el cine no sustituyó al teatro. Al César, lo que es del César.

Paisaje de la Toscana

El caso es que el puñetero Tomtom One XL cuando le da la gana ponerse perezoso puede tardar cinco minutos o más en averiguar donde está y eso, saliendo de una ciudad con mucho tráfico y desconocida, puede ser bastante engorroso. Por otra parte cuando decide tomar una ruta tampoco dá muchas explicaciones y a diferencia de mi antiguo y odiado Packard-Bell no permite ‘explorar’ el mapa sobre la marcha. El mapa que necesitábamos es el Michelin 358 de la Toscana, la serie amarilla a 1:200.000 es estupenda para excursiones de este tipo.
De todas formas llegaos a Siena. No es como Roma, a donde conducen todos los caminos, pero hay suficientes caminos que conducen a ella y nosotros acertamos a encontrar uno solo con algunas horas de retraso.
Siena es fabulosa. Yo recordaba su magní­fica plaza y sus callejas, pero sobre todo la hilarante secuencia de ví­deo que grabó en 1991 Claudio diciendo «y cuando lleguéis a Figueres diréis, «este desastre de video lo grabó Claudio«, mientras en la imagen se ven sus pies y el suelo mientras andaba. Lo que nos hemos reí­do con ese ví­deo. Tengo que pasarlo a formato digital para subirlo a Vimeo.
Sin embargo, como suele suceder volver a un sitio como Siena te ofrece la posibilidad de descubrir mil detalles en los que no reparaste en la primera visita, otros mil en los que reparaste y habí­as enterrado en el olvido y mil más que recordabas con mil facetas nuevas cada uno de ellos. Las calles, los edificios monumentales, la catedral y su entorno,… Si fuera la única ciudad de la Toscana merecerí­a una visita solo por verla.
Lo peor, como siempre, la concentración de gente, ser un turista entre miles, las aglomeraciones y la intromisión de la humanidad en las fotos y los paisajes de otra forma bellos como un cuadro. Comimos en un restaurante que yo vi al llegar escondido tras una esquina. Y volvimos a Florencia para que las chicas pudieran hacer su tarde de compras. Yo aproveché la tarde para conectarme a Internet en ardua pelea con la red y sobre todo el proxy del Hotel y luego recogimos a nuestras esposas en una cervecerí­a, donde añadí­ a mi lista de cervezas favoritas la Bulldog, una ‘strong ale’ escocesa de color rojo ambarino y sabor intenso a malta y lúpulo.
Para cenar nos dimos un buen paseo hasta la Pizzerí­a Vicolo del Carmine que habí­amos leido que era la mejor de Florencia. Esto motivó el segundo incidente de geolocalización del dí­a. Miguel Angel decí­a que estaba en Florencia, pero cuando yo la busqué en Google, me aparecia en Scandicci, a unos 7 Km. de Florencia. Lo primero que pensé era que se trataba de una coincidencia de nombre, pero lo más grave es que la calle y el número coincidian. No hubo manera de encontrar su posicion correcta y Miguel Angel decí­a que era un error y yo querí­a creeerle, pero la fe en San Google es dificil de soslayar, aunque nuestro Hotel, que estaba en Florencia, al lado de la estación, lo ubicaba sin duda ninguna en Empolis… Al final una consulta con Massimo, el amable y eficaz recepcionista dio la razón a Miguel Angel y nos dio la posicion -esta vez en un mapa- correcta de la Pizzeria. Y este despiste de Google pasa a ser uno de los misterios de la red. Aunque las indicaciones y la doble numeración de las caóticas calles italianas nos ayudaron a perdernos de nuevo y a andar casi un kilómetro de más, al final encontramos la única y verdadera ubicación de la Pizzeria y pudimos disfrutar de una buena cena aunque no nos engañemos, las pizzas no le llegaban ni a la suela del zapato a las de Baffetto en Roma.

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