La guerra civil que no acaba

Ayer se cumplieron 75 años del final de la Guerra Civil. O quizás solo del final de las operaciones militares de la guerra civil, ya que hay quien opina que la guerra civil aún no ha acabado.

Duelo a garrotazos - Francisco de Goya

Es curioso, porque también hay opiniones diferentes en relación a cuando empezó. Unos, los más clásicos, aseguran que el alzamiento militar del 17 de julio de 1936, o en realidad, su fracaso, fue el que dio lugar a que el 18 diera comienzo una guerra. Otros sin embargo, frecuentemente tildados de ‘revisionistas’ aseguran que la guerra no es nada más que la explosión más importante de un conflicto que se arrastraba desde años antes y que se inicia en la revolución de octubre del 35 en Asturias.
Lo que realmente me entristece es que todas las perífrasis, interpretaciones o teorías solo tienen un objetivo: demostrar que la culpa la tuvo el otro. Esta polarización no deja de ser una forma de seguir con la guerra por otros medios, y así nos va.
Yo veo el conflicto en la sociedad española como un error en la evolución política. Este error produce una minusvalía de España que como su equivalente físico implica incapacidad para tareas que otras sociedades desarrollan normalmente, dolor, calambres y pinchazos en algunos miembros, malhumor y malestar general y una serie de traumas y complejos difícilmente superables.
Puede que esta minusvalía tenga su origen en el fracaso para dar a luz una ley constitucional, en realidad para conseguir un mínimo acuerdo en el reparto del poder y la riqueza entre el pueblo y los poderosos, la aristocracia y la plebe, en la determinación de no consentir, de ninguna de las maneras, que los españoles se convirtieran en ciudadanos incluso con sus desiguales riquezas o miserias, sus ideas o devociones.
El fracaso del constitucionalismo deriva en un siglo de luchas civiles que como es de esperar, conducen a una pérdida de prestigio internacional, riqueza y poder, que empieza y culmina con la pérdida del imperio, al principio por la natural deriva a la autodeterminación de colonias mal administradas y al final a manos de la potencia emergente del momento, en las postrimerías del siglo XIX.
Las convulsiones de ese periodo, o quizás el agotamiento producido por ellas, lleva a un momento de calma y estabilidad. Esta se logra más por la imposición de la clase dominante que por el acuerdo social y conforma un periodo de aparente calma presidido por la corrupción y el amaño de una falsa democracia que en realidad es un caciquismo institucionalizado. El régimen que surge de ese apaño imperfecto y viciado es una monarquía débil y un estado al servicio de los poderosos que son quienes realmente participan de la ‘alternancia’. Y aunque parezca mentira, aún no he llegado a la descripción de la sociedad actual, aunque veamos alarmantes paralelismos en esta frase.
El progreso económico pero también las injusticias sociales y los problemas latentes sin solucionar, las guerras al servicio del dinero, sirven de caldo de cultivo para que crezca el resentimiento, la sed de justicia y también la prepotencia donde se incuban los siguientes estallidos violentos.
Creo que la clave fundamental de la guerra civil no es su punto de partida o su final, la auténtica clave es su violencia, fuera de toda medida, lleva la condición humana a sus límites más desagradables y espeluznantes.
Los encarcelamientos, paseos, destrucción de patrimonio común, el asesinato institucionalizado, no ya por las ideas, sino por la propia apariencia, la crueldad, la delación, la hipocresía, la avaricia, la indiferencia antes el sufrimiento ajeno, superan en intensidad la de cualquier otro periodo convulso, afectan a toda la sociedad y se extienden antes y mucho después del periodo de operaciones militares. Naturalmente, en medio de este escenario dantesco están las víctimas inocentes, los honrados luchadores por sus nobles ideales (que combaten codo a codo con sociópatas asesinos) los que tienen una conducta amoral, perversa o maligna y los heroicos defensores de la verdad, la justicia, la vida y el perdón. Ángeles y demonios se enfrentan; no en bandos diferentes, sino mezclados en ambos bandos.
Como suele ocurrir con la violencia, la espiral de odios y rencores generada no acaba con el último parte de guerra, ni con el último pelotón de ejecución. Por concienzuda que sea una campaña de exterminación de los enemigos, es poco probable que haga otra cosa que multiplicarlos.
Y llegando ya a la sociedad actual, creo que el periodo de calma que ha supuesto la vigencia de la actual constitución no debe ser considerado desde la autocomplacencia, como ha sido hecho con frecuencia al referirnos al ‘milagro español’, la ‘transición modélica’ y la ‘heroica’ actitud ante el golpismo del 23-F, sino más bien como un parche más de esta larga historia de componendas y enganchones alternados, donde se cambiaron algunas cosas para que no cambiara nada y donde también sin lugar a dudas ha habido elementos positivos, pero queda mucha fisioterapia social por hacer para superar nuestra minusvalía, hasta que consigamos un cuerpo social sano, formado por ciudadanos que aunque seamos diferentes en riqueza, cultura o ideas, seamos iguales ante la ley y detentadores conscientes del poder a través de una democracia que sin duda será imperfecta, pero que deseo que al menos sea funcional.
Al desarrollar este tema sin hacer menciones personales ni atribuir responsabilidades a personas o grupos, no he querido hacer un igualitarismo equidistante, propio de algunas interpretaciones que erróneamente tratan de basar en esta actitud una supuesta reconciliación. Las responsabilidades existen: cada uno tiene las suyas y unas son mayores que otras. Pero de ninguna de las maneras creo que ni yo ni nadie vayamos a ser responsables de lo que hicieron nuestros abuelos y desde luego no me veo capacitado -ni creo que sea una tarea interesante o relevante- para repartir culpas.
Nuestra responsabilidad se deriva de nuestros actos. Con ellos podemos intentar remediar las injusticias latentes o mantenerlas, ser honrados y veraces o corruptos y falaces, podemos intentar convivir y respetar, trabajar, producir y distribuir la riqueza, ejercer el poder a través de un sistema de representación que nos dote de leyes que procuren el bien común y exigir su exacto cumplimiento a través de unos tribunales independientes.
Podemos intentar educar a una generación de personas sabias, responsables y laboriosos o seguir enzizañando la vida con agravios infinitos, redistribuciones de culpa, ambiciones y contenciosos por un mejor posicionamiento en corruptelas y operaciones especulativas.
Soy consciente de que esto es un poco el caso del cascabel del gato. Que no es tan importante conocer la solución, sino como llegar a ella. Y que discutir sobre el camino a seguir es el primer paso del camino a ninguna parte.
Pero tampoco creo que la única solución sea ponerle el cascabel al gato. ¿Que pasaría si cada ratón se pone un cascabel a sí mismo?. Quizás el gato huiría despavorido por el atronador sonido.
Podemos decidir. O podemos dejarnos conducir por las fanfarrias; de flabiolas o panderetas, pero siempre de odio y de enfrentamiento. La decisión correcta es la que se basa en un criterio verdadero y produce un bien comprobable. Es la hora de ver el pasado en perspectiva solo para mirar con interés y decisión hacia el futuro.

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