Juguete magnético

Por Navidad me regalaron uno de esos juguetes formados por imanes y bolas. Los imanes son de dos longitudes diferentes y la caja es muy básica, tal y como yo quería (Carta a los Reyes en la nevera, no suele fallar). Caja básica o pequeña porque por grande que fuera, nunca encontrarías un límite, siempre habría una figura un poco más compleja para la cual harían falta unos imanes o unas bolas más o aunque fueran el número adecuado, no serían del color idóneo. La vida es así de cruel.

Lo pedí para ejercitar los dedos. Se me agrietan y a veces manipular las cosas me cuesta esfuerzo, pues resulta doloroso. Como aficionado al maquetismo y otras manualidades esto me trastorna bastante y creo que no puedo dejar de ejercitar los dedos o acabaré perdiendo la habilidad. Todo esto son manías mías sin ningún fundamento, pero lo cierto es que cuando puedo manipular algo como antes de esta molestia, me produce una gran satisfacción.

Los juegos de construcción me gustan. Hay algo mágico en la construcción de formas es parecido a dibujar, pero va un paso, una dimensión más allá de la pintura. Imaginar una forma y hacerla realidad supone participar un poco de la tarea de la creación.

Con este juego pasa que no siempre las dimensiones se ajustan a la geometría imaginada. Las limitaciones de las piezas se imponen. El objetivo es crear no solo formas bellas, sino también estables estructuralmente, equilibradas cromáticamente y regulares geométricamente.

Después de algún churro y varios fracasos, hoy creo que he conseguido una primera aproximación a una figura aceptable: dos pirámides pentagonales opuestas por el vértice inscritas en un dodecaedro.

Figura

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