Las villas de Benicasim

La segunda ocasión célebre ocurrió el domingo por la noche, después de pasear por las Villas de Benicasim y admirar aquellos nobles edificios. El paseo arquitectónico si que merece esta vez comentario aunque no sea comestible. Las villas son casas construidas a principios del siglo XX por familias bienestantes, las únicas que en aquella época tenían por costumbre y podían permitirse el veraneo.

Villa

Al pasear por delante me transportaba yo a la época que rememoran los carteles de información, algunos muy maltratados por la incultura y el vandalismo. Pensaba que la democratización del ocio sin duda ha hecho que se pierdan algunos placeres del paisaje y la naturaleza. Las torres de apartamentos que ocupan algunos solares entre las villas y sus apartamentos amontonados no pueden provocar las mismas sensaciones que aquellas casas espaciosas de amplios porches y sombreados jardines donde disfrutar de la vista del mar con la refrescante compañía de una limonada y la amena charla de las visitas.

Es bueno que sean más los que disfrutan de las vacaciones, pero deberíamos asegurarnos de que los placeres que van a buscar a la orilla del mar no quedan sepultados y ocultos por las toneladas de cemento usadas en la construcción, ahogados en estrechas calles repletas de coches o embadurnadas de aceites y cremas en playas hacinadas donde las toallas y la sombrilla reservan el sitio de sus ocupas, noche y día, todo el verano.

Ya de noche nos dirigimos a Benicasim pueblo para encontrar un rincón en la barra del Lipizano. No fue fácil. Allí también hay que reservar un puesto en la cola del paraíso. Entre una lista de platos que hacían difícil la decisión elegimos unos cuantos para cenar entre tapas y cervezas. Todo estaba buenísimo pero destacaré la tortilla de ajetes y tocino entreverado de ibérico, aunque en la carta pone «bacon». Barbarismos a parte, si el montadito de Buey tenia tratamiento de usía, el de foie (léase fuá) era excelentísimo. Me quedé con las ganas de pecar de gula y zamparme una bandeja de patatas y huevos con jamón o echar la casa por la ventana y atacar una codorniz rellena de foie (fuá), pero estábamos todavía emplazados a un desempate entre la heladería la Valenciana del Grao de Castellón y los Jijonencos.

Se discutía cual de ambas casas fabricaba el mas ilustre helado de turrón. Habíamos probado el viernes y sábado las habilidades de la Valenciana y nos dirigimos al local de Los Jijonencos en el centro de Benicasim. Yo no quise tomar partido y me decidí por el chocolate amargo y el helado de Dátiles con nueces y moscatel, exquisito el primero y sorprendente y agradable el segundo. La competencia del turrón, si embargo se decidió a favor de la Valenciana tanto por sabor como por textura.

Esta entrada fue publicada en Viajes. Guarda el enlace permanente.