Papa Noel es un impostor

Cuando llega la Navidad intentamos disfrazar la dura realidad cotidiana con un halo de beatitud difuso y supuestamente romántico, como las fotografías de David Hamilton. Pero si observamos fotografías de la época victoriana con misma temática, con menos vaselina en la lente, nos parecerán pobres intentos de idealizar una realidad cutre cuando no viciosa.
Si nos desprendemos del atontamiento general que la Navidad nos produce, y de las imágenes estereotipadas con las que nos bombardea machaconamente la sociedad el panorama es desolador. Para empezar, tras los relucientes escaparates y las invitaciones al regalo se esconde un feroz consumismo que espera cuando menos un cuarto de sus beneficios anuales, tras la iluminación de las calles o las pistas de hielo en medio de la ciudad están los políticos sin vergüenza que gastan en fastos inútiles el dinero público y además dilapidan y fomentan el consumo irresponsable de recursos energéticos en una iluminación innecesaria y contaminante y en formar hielo donde se podría patinar sobre ruedas o realizar cualquier otra actividad lúdica o cultural. Son los mismos que sacuden el espantajo del calentamiento global o nos animan a reciclar la basura pero que luego no se preocupan de procesarla, enviándola la mayor parte de las veces al mismo vertedero.
Es fácil entender que en la mayoría de los casos los políticos no actúan así por maldad sino por vagancia, estupidez y desidia ya que esconder el polvo debajo de la alfombra es más fácil que barrer y más barato que pasar el aspirador.
Por eso como efecto de la globalización es fácil que los rasgos distintivos del folklore, es decir la identidad de un pueblo o una cultura, sean fácilmente exportados cuando no impuestos a muchas otras, como un elemento uniformador, como una pauta de aborregamiento y domesticación que no implica ninguna mejora pero hace bueno el refrán aquel de que mal de muchos, consuelo de tontos. Y si queríamos las lavadoras y los coches, los «bungalows» y las cortadoras de césped de los americanos, ahora tenemos las hipotecas basura, el efecto invernadero y un follón en Afganistán.

Papa Noel Caganer?

Por eso conviene distinguir lo personal de lo social, lo local de lo global y los deseos de las ambiciones. Aquí cantábamos villancicos delante de los belenes con su caganer que nos recuerda que todos somos humanos mientras el «Tronc de Nadal» cebado por los abuelos de golosinas se arrimaba al fuego para recibir su sarta de palos y cagar turrones finalizando con un arenque salado que nos recuerda que todo lo bueno se acaba justo antes de reunirnos a la mesa y disfrutar de una cena en familia.
Se trata de una forma tan buena y respetable como cualquier otra de exaltar el valor de la familia, recordar las propias raíces y renovar nuestros buenos deseos empezando por los que tenemos más próximos.
Dejemos que en otros lugares donde los abetos crecen sin control y hay que arrancarlos para que no oculten los caminos usen este símbolo, que les visite el viejo de barba blanca que lleva naranjas para los niños como promesa de un calor estival que volverá. Aquí todos esos papanoeles de plástico, esos abetos manchegos esos montones de cajas enormes con lazos y esas ofertas que invitan al gasto, a la ostentación, a la envidia y por tanto a la infelicidad y la depresión son impostores navideños impuestos por las sanguijuelas avariciosas y mercantilistas, fomentados por los políticos a los que financian sus campañas y bendecidos por los que quieren mantener nuestras mentes sumidas en la estupidez y la ignorancia.
Abramos los ojos al conocimiento, reunamos elementos de la realidad para formar un criterio propio y empecemos reconociendo que Papa Noel es un impostor.

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1 respuesta a Papa Noel es un impostor

  1. JoseManuel dijo:

    Por lo menos se han pasado a los leds… que gastan algo menos que las bombillas
    :-p
    (el que no se consuela es porque no quiere, dicen)

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