Series de Televisión

No me gustan las series. Ya se que es un tópico innecesario, porque a todos nos gustan los documentales, las noticias y las películas buenas, el teatro y los conciertos o la ópera. Pero luego acabamos viendo las series porque ‘en la tele no hay otra cosa’.
Decimos eso tan convencidos como cuando solo existía la Televisión Española en la versión de VHF y la de UHF, sin tener en cuenta que la amenaza actual a nuestra integridad cultural como televidentes es mucho mayor.
Vale, pues a mi no me gustan las series, pero las veo. Ya lo he confesado al principio. Esta aparente contradicción tiene en realidad una explicación sencilla.
Para empezar no me gustan las series por su propia naturaleza serial. Cuando leía tebeos odiaba el ‘continuará’. Cuando leo un libro suelo hacerlo en varias sesiones maratonianas y lo suelo acabar en uno o dos días después de haberlo empezado. Si me interesa lo leo de un tirón. No puedo leer unas páginas cada noche en la cama porque tengo que empezar por leer alguna de las que leí el día anterior para acordarme de por donde iba. Y dos páginas atrás y tres adelante no es un ritmo para acabar un libro ni en un año ni me da la impresión de haber leído nada congruente. Introducción, nudo y desenlace, todo de una sentada y a otra cosa. Ni que decir tiene que el teatro me gusta por eso, toda la trama en una representación. ¿Alguien se puede imaginar que al acabar una sesión de teatro saliera paseando por el escenario un actor con un letrero que ponga «continuará»?. Y todo el público emplazado al día siguiente o a la semana siguiente para ver el siguiente capítulo de la obra teatral. Pues no. La cosa no funciona así. Y no veo porqué tiene que funcionar así en la Televisión, salvo para que veas más anuncios.
Así que mi primer desacuerdo es hacia el aplazamiento de la trama que me obliga a utilizar alguna de mis escasas neuronas de memoria a recordar de que iba esto la semana pasada.
El segundo aspecto que repruebo en las series de la tele son los patrones. Si hay algo peor que una serie con una trama interminable, inconcebible y completamente absurda es una serie que repite semana tras semana el mismo capítulo con diferentes personajes y diálogos. Se vuelven tan predecibles que resulta un auténtico martirio verlas. El protagonista es el único imbécil incapaz de predecir la trama que se repite episodio tras episodio. El caso se agrava cuando el patrón cae en gracia al público y los guionistas se ven obligados no ya a repetirlo sino a exacerbarlo y retorcerlo, produciendo personajes sobreactuados interpretándose a si mismos hasta el delirio, convirtiendo lo que te hizo gracia en los primeros capítulos en un tostón repelente. Uno de los primeros personajes con estas características que recuerdo fue el teniente Colombo. Solo los estúpidos criminales se tragaban el papel de tonto despistado. Igual de repulsiva resulta la cínica inmoralidad de House, la torpeza emocional de la doctora Brenan o tantas otras características que pretendieron sorprendernos en los treinta o cuarenta primeros capítulos de una serie pero que después de los cuatro o cinco primeros ya se apuntan como el patético patrón de la misma.
Y ya solo citaré una más de las características que hacen insoportables las series. Se trata del sesgo. No es que pretenda que las series debieran ser una representación realista de la vida. La ficción es ficción. Pero a mi me sorprende que la inmensa mayoría de las series traten de abogados, médicos, policías, monstruos y vida corriente.
Naturalmente, estos temas referidos al corazón del imperio, que es de donde proceden la mayoría de las series que vemos.
Desde Perry Mason, las series de abogados deforman nuestro concepto de la justicia no solo porque pretenden idealizarlo sino porque nos dan la versión estadounidense del mismo. Enfrentarse a una cuestión judicial con la cultura proporcionada por las series de abogados puede ser tan peligroso como ser paciente de House, que por suerte en la vida real estaría procesado desde el primer capitulo.
Parece una paradoja que el quinto tema de las series sea ‘la vida cotidiana’ y que a pesar de eso yo afirme que introducen un sesgo. Pues si. Primero porque es la vida cotidiana de los norteamericanos, porque en esa hipotética vida cotidiana ocurren problemas estúpidos inconcebibles en el mundo real y a los que se enfrentan con ademanes de tragedia griega unos personajes que aportan otra dimensión del sesgo ya que en su afán de representar todos los «sectores, sensibilidades y opciones» de la audiencia -es decir, del mercado- los guionistas se centran en lo diferente. Porque la vida cotidiana no tendría ningún interés salvo que sea la de adúlteros, estúpidos, gordos, homosexuales, frikis, polígamos, maníacos asesinos, mentirosos compulsivos…
Naturalmente que todas esas características forman parte de la ‘vida cotidiana’, pero no creo que sea en la proporción en la que aparecen en las series y tampoco creo que estas sean una fuente fiable para aumentar nuestro conocimiento de las aspectos más pintorescos de la sociedad.
Y voy a resistirme a la tentación de escribir sobre el aspecto moral en las series y el cine, porque sería tanto como iniciar otro artículo en lo que debería ser el final de este.
Podría renunciar a verlas, pero es que no las veo solo para indignarme y poder escribir sobre todas su carencias. Las veo porque son lo que ponen a última hora del día, cuando ya estoy cansado y he pasado la mayor parte de la jornada delante del ordenador. Se trata de estar un rato en el mismo sofá que Mercedes (la dueña del mando), sin más esfuerzo intelectual que impedir que se adormezca en exceso la conciencia y resistir despierto lo suficiente para poderle contar a mi sufridora el final del episodio, que a ella la pilla casi siempre en los dulces brazos de Morfeo.

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