Roses en 3D

Para lo poco que veo la televisión, me he enterado por la mañana mientras desayunaba, que Roses es la primera ciudad española que aparece en Google Earth modelada completamente en 3D, aunque por ahora sus edificios aparecen sin textura, en color gris. Solo algunos edificios significativos de la población pueden descargarse en forma de archivos KMZ desde la web del Ayuntamiento.
Me parece estupendo. Espero que eso anime la ‘digitalización’ no solo de Roses sino de todo el Ampurdán porque cuando uno compara la información que puede encontrarse de Nueva York o de Figueres en Google, hay un abismo: la brecha digital, que dicen.

Roses en 3D

Para ver las imágenes hay que istalar la versión 4.3 de Google Earth y tener marcada la pestaña «Edificios 3D».
La nueva versión de Google Eart trae unos mandos de navegación bastante peores que los de la versión anterior. El diseño mucho más moderno se lo podían haber guardado, yo prefiero que sean cómodos de usar y estos no lo son. Además no desaparecen completamente quedando marcados en las capturas de pantalla.
No cabe la menor duda de que la digitalización ofrece muchas expectativas de negocio a Roses. A la gente le gusta saber a donde va a ir y también recordar donde ha estado, eso hace que la presencia de Roses en 3D la impulse como lugar de preferencia.

Roses en 3D

De todas formas, Roses es un pueblecito de pescadores de los años cincuenta, arrasado por el crecimiento desenfrenado de la construccion y el turismo en los años sesenta a ochenta que desde los noventa intenta recuperarse, controlar sus tumores y hacerse más amigable para sus turistas y sus habitantes permanentes. En los últimos años Roses ha hecho obras que han cambiado completamente su aspecto. El cubrimiento de la Rambla, el paseo marítimo, el puerto deportivo, los accesos a la población desde Figueres, el acondicionamiento de la fortaleza de la Ciudadela, la lonja del pescado -su cofradia de pescadores «El Posit de Pescadors», es la más potente de España- y ahora su presencia en Google Earth ha convertido a Roses en una ciudad moderna, donde no faltan los problemas, mayores o pequeños, como en cualquier rincón del planeta, pero donde se nota una mejoría en la calidad de vida.
Aunque creo que se aleja del modelo económico que estableció La Trinca para las poblaciones de la Costa Brava,

A l’estiu s’ha de fer el viu
que a l’hivern no hia ha caliu
Costa Brava, catalana…

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Camión Bucanero

Ya he comentado en alguna ocasión las sorpresas que se lleva uno circulando por las carreteras de l’Empordà a primeras horas de la mañana y como la realidad se entremezcla con la ensoñación y produce extrañas pseudo-alucinaciones. Quizás se trata del mismo fenómeno que el maestro Dalí describía como fuente de inspiración de su «surrealismo paranoico» y otros simplemente aseguran que se trata del «toque de la tramontana», algo que en catalán tiene mucho más sentido pues estar ‘tocat de l’ala’ es estar trastornado y ‘tocat per la tramuntana’ es ese estado de alucinación ocurrente, original y frecuentemente próxima a la genialidad -siento que el honor a la verdad me haga parecer inmodesto- en que suelen encontrarse los habitantes de esta tierra que entre el mar y la montaña dicen que es hija de un pastor y una sirena.

De nuevo columpiándome en el fino hilo que separa la consciencia del sueño y del que surgen muchas ideas, la visión de un cañón de cuento de piratas me ha inspirado un torrente de preguntas: ¿que era aquello? -un cañón, sin duda, no soñaba- ¿A donde iba ese camión con el cañón?, ¿Funcionaría de verdad?, ¡Que gozada! Ya veía la plataforma del radar abaluartada y guarnecida por piezas de a ocho avanzando por la Bahía mientras la Tramontana infla la vela…

Camión Bucanero

Un camión Bucanero. Sin duda se trataba de un camión bucanero que por las peligrosas carreteras próximas a mares cálidos aborda los autobuses de turistas para desvalijar a los orondos ricos nórdicos, cargados de joyas, oro y reproductores de MP3 para repartir el botín entre los desheredados de la fortuna, arrojados a las playas de Europa desde las pateras del hambre la miseria y la desesperación.

La cámara. Llevo aqui detrás la cámara y tengo que hacerle una foto, porque esto no se lo cree nadie.

Más tarde me ha comentado Jaume Santaló, técnico de cultura del ayuntamiento de Roses que el cañón puede ser el que utilizan los «Miquelets» de Roses en sus actuaciones, más exactamente su sección «Artillera» y casi «motorizada» diría yo.

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En las nubes

«Niño, ¡siempre estás en las nubes!», me decía mi madre cuando era pequeño. Me lo decían con cierta frecuencia. Los maestros se adhirieron a esta cantinela y yo no encontraba argumentos para contradecirles.

Estar en las nubes, ¡que más hubiera querido yo!. Cuando lo imaginaba me parecía algo maravilloso, mágico, como un sueño. Soñaba con volar entre aquellos copos blancos y en si serian densos o blandos, secos o húmedos, frescos o cálidos. Los atravesaba en mis sueños dejando agujeros o los rodeaba trazando círculos y piruetas a su alrededor.

Los miraba en el cielo y me fascinaban las formas que adoptaban encarnando animales fantásticos y objetos imposibles con formas definidas como la superficie de una coliflor exageradamente blanquecina o de bordes deshilachados como los dulces de azúcar de la feria.

En los cursos de vuelo sin motor aprendí las primeras lecciones de meteorología pero la ciencia no les hizo perder su encanto. Por el contrario, aquello fue como iniciar un romance con la vecinita que solo había podido ver a través de los cristales. Las nubes eran como indicadores en el cielo, por la mañana nos hablaban del tiempo que nos esperaba, luego señalaban el inicio de la actividad de convección y la puesta en marcha del motor que nos mantendría en el cielo y cuando subíamos a buscarlas marcaban la posición de los ascensores térmicos. Cuando llegaba a situarme bajo una de ellas, le rascaba su inmensa panza con el timón de cola, o restregaba el plexiglás de la cabina por las sedosas estribaciones de su masa gris.

Prudente, nunca me entregué a la tentación de ser aducido completamente en su seno y cuando el suelo iba a desaparecer en el mismo borde de la cabina, con un suave picado o una pizca de freno me dejaba caer por debajo de mi paraguas gigante.

En mis tiempos de paracaidista no hubo muchas ocasiones para los flirteos con las nubes, salvo en una ocasión, durante el curso de apertura manual en que fue necesario saltar aprovechando los claros que en una capa baja nos permitían ver el suelo. Saltar en caída libre no da la sensación de vértigo que la descripción sugiere y que asociamos con la noria de la feria. En general es como descansar sobre un colchón extremadamente mullido, el aire, y la falta de referencias suele privarte de la sensación de veloz caída. La compañía de las nubes varía completamente esto. Atravesar un agujero en una nube a más de cien kilómetros por hora es como caer por el hueco de un ascensor para encontrarse flotando al sobrepasar la nube que nos besa con el suave escozor de mil alfileres de agua. Con la adrenalina recorriendo a borbotones nuestras venas queda mirar el altímetro y tirar de la anilla a la altura convenida. Después, cuando la seda se ha desplegado, echar un vistazo hacia arriba es un intento inútil y el suelo nos acoge áspero y duro como el final de un sueño.

Después de esas experiencias siempre que he tenido ocasión de moverme cerca de las nubes he experimentado un gran placer. El vuelo puede experimentarse en la velocidad o la geometría de las maniobras, en la precision de los rumbos y los tiempos de navegación, pero para sentir que se vuela de una forma próxima y evidente lo mejor es contar con la colaboración de las nubes.

En el vuelo FR9026 a Bratislava, hubo un momento en que nos rodeaban inmensas paredes de nubes que formaban desfiladeros y montañas, valles y vaguadas. Con la nariz pegada al cristal y los ojos abiertos como platos para empaparme de aquellos momentos maravillosos, estaba, realmente, en las nubes.

Nota: Editado el 30/12/2023 para actualizar el método inserción de vídeo.

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Refugios y otras ruinas

La semana pasada Jordi, de la Lista de Correo de Arqueologia Militar me escribió para ver si podíamos concretar un encuentro para el que ya habíamos hecho planes en alguna ocasión.

Se trataba de explorar los vestigios de algunos de los campos de aviación que durante la guerra civil hubo en el Ampurdán. Decidimos visitar Vilajuïga qe tiene el gran atractivo de ser uno de los cmapos más nombrados en las historias de la Guerra Civil, por tratarse del último punto de concentración de la aviación republicana antes de partir al exilio y testigo de los últimos combates aéreos sobre cataluña, con los controvertidos sucesos del día 6 de febrero de 1939, relacionados con la muerte en el campo del alemán Heinrich Windemuth, así como los polémicos derribos ese día del jefe de la Escuadrilla de caza nocturna el entonces teniente José Falcó.

En Vilajuïga nos detuvimos a charlar con la señora que actualmente vive en la masía que sirvió de alojamiento a la tropa y visitamos el refugio adyacente. En relación a otros refugios de campos de aviación el de Vilajuïga tiene la particularidad de no estar enterrado, sino de ser superficial. Actualmente toda su estructura de hormigón se muestra al aire pero indudablemente se debió proyectar para ser cubierto de tierra, algo que no sé si llegó a suceder.

Refugio de Vilajuiga

Su trazado interior, aunque sigue las pautas de otros visitados es también más irregular sin corresponder a la típica planta en ‘U’ o en ‘S’ es amplio y tiene las dos salidas al mismo nivel que el resto del pasadizo. En el exterior se podía ver en sus colores hasta hace poco un arbol pintado en la ‘fachada’ a modo de camuflaje.

Después seguimos hasta el ‘Hospital de sangre’, situado en una masía próxima al campo donde aun se conserva la nave que servia de alojamiento a los heridos y el refugio, este probablemente en forma de ‘S’ por la ubicación de las salidas, pero que no pudimos visitar por hallarse inundado.

De allí fuimos a Vilabertran, donde solo nos dio tiempo para ver la estructura del hangar de construcción de aviones y un área donde según testigos de la época se montaban piezas de los aviones. En ese área buscamos con el detector de metales, pero debido a la suciedad y la cantidad de basura acumulada bajo la vegetación, encontramos numerosos restos metálicos de los cuales habrá que determinar el origen, incluidos dos casquillos de bala, aparentemente munición checa.

Refugio

En definitiva, una mañana estupenda que espero se repetirá más veces antes de que el buen tiempo de paso a la época de lluvias, tramontana y frío.

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Ser de España

Estoy asombrado con toda la intensidad que se puede estar asombrado cuando uno sabe que no lo ha visto todo en esta vida y que como a Sancho le quedan muchas otras inimaginables por ver.

Pero la explosión motivada por el resultado de la Eurocopa de fútbol, lo que ha dado en llamar algún periodista ‘la marea roja’ plantea un buen número de cuestiones interesantes.

Mi primera reacción, al oír como los periodistas jaleaban el fenómeno como ‘explosión de patriotismo’ ha sido sufrir una conmoción nauseabunda que me remitía al uso interesado del ‘pan y fútbol’ por parte del régimen franquista, donde podíamos soportar ser un país tercermundista, los parias de Europa o comparsas en el concierto de las naciones, pero siempre había una ocasión de redimir el orgullo nacional, de mostrar la superioridad de la raza y la integridad de la «reserva espiritual de occidente» en un estadio de fútbol, de forma que las gestas patrióticas memorables iban de Lepanto a Trafalgar y del Glorioso Alzamiento al gol de Zarra.

Este sentimiento de pena y rabia siguió aderezado de vergüenza al ver pasear por Viena las impresentables hordas de adefesios calzados con chanclas que remataban unas canillas peludas, cuya exhibición pública nunca debería haberse producido, saliendo de unas bermudas raídas y envueltas a modo de falda por la bandera nacional, se diría que así profanada con la finalidad de no ofrecer el impúdico espectáculo de las posaderas que sostienen un cuerpo desgarbado vestido con una camiseta roja mugrienta adornada con medias lunas de sudoración y todo ello rematado por las más inverosímiles prendas de cabeza, chisteras de bufón rematadas de toritos, pelucas de payaso fosforescente o simplemente pelos grasientos y pegajosos rodeando cabezas huecas de otro pensamiento que los monosilábicos «Oe-oe-oe-oeeee…» o el declarado patriótico «loo-lo-loo-lo…»

Es muy posible que en Viena hubiera otros aficionados algo más comedidos o elegantes, pero sin duda alguna no los recuerdo, precisamente, porque no llamaban la atención.

A este trapo del patrioterismo barato entraron de forma natural los nacionalistas, declarando de forma insidiosa su preferencia por otras selecciones diferentes del oprobioso estado que ocupa su nación sin estado. Eso me extrañó mucho menos pues estos nacionalistas esperpénticos de opereta no son más que la sombra del espantajo agitado por el otro patrioterismo monolítico y cerril de la bata de cola, la gaita y el cachirulo, y como un eco no pueden más que repetir desde otra esquina las lecciones invertidas, eso sí, de Formación del Espíritu Nacional, pero con fe de conversos y fanatismo mesiánico.

Llegado a este punto observo con asombro una serie de fenómenos inauditos. La llamada del clan futbolístico convoca unas unanimidades nunca vistas en sectores sociales y en lugares inconcebibles para este tipo de manifestaciones. Banderas españolas, banderas de toros españoles, camisetas rojas y amarillas, banderas como capa, como pañuelo, como pareo.

De forma que ese fenómeno deportivo y mediático, carente de ideología y completamente vanal conmueve profundamente al pueblo y le libera del retraimiento en la exhibición de símbolos para, exaltado y enfervorecido , sumar voces al coro de la Patria nombrada sin el habitual pudor exaltada con sonoros «¡arriba España!» que en otra ocasión concitarian protestas por su otrora significado uso por un partido único.

Unidos en lo irracional. En la masa, todos somos masa y por tanto no caben diferencias que son pijoterias intelectuales. Aqui todos somos de los nuestros y somos los mejores. Hasta los otros son de los nuestros, demostración palpable de que somos cojonudos. Y ya está. Un momento de gloria. Da igual quemarse cual mariposa en la luz si podemos vivir ese momento de gloria que nos hace sentir poderosos, queridos, envidiados, arropados por el ser nosotros cada uno y cojonudos todos.

Y aqui está. ¿Hemos llegado a la esencia del patriotismo?. Este es el sentimiento irracional que lleva a los héroes al martirio, a la tropa a subir por la colina cuando el enemigo dispara a buena cadencia trocitos de plomo duros, rápidos y mortales. Da igual porque no se puede matar al nosotros y por tanto vivir o morir carece de importancia ya que el sentimiento de triunfo y el vínculo es perfecto y lo perfecto es eterno, no puede concebirse que hubiera un tiempo en que no existía ni que vaya a tener fin. Quizás no es Patriotismo, solo es una de sus manifestaciones exteriores, o a lo mejor no tienen nada que ver y es un estado de euforia colectiva que puede ser desatado por cualquier otro sentimiento de empatía.

A mi me gustaría creer que el patriotismo es algo más racional y que el compromiso social, la fidelidad a los principios el respeto a la Ley y el aprecio a la cultura y lo que llamamos ‘nuestra forma de vida’ puede impulsar al esfuerzo y al sacrificio, al valor y al heroismo. Que puede hacerlo incluso más y mejor que el General Gonzalez Byass o el omnipresente fútbol.

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Hay que volver a Viena

Es nuestro último día en la capital austriaca. Aunque nuestro puente se extiende hasta el martes día 24, no había vuelo de Ryanair para ese día. Por la tarde a las 08:00 salimos del aeropuerto de Bratislava en Eslovaquia y tenemos que ver como vamos al aeropuerto y que hacemos por la mañana.

La primera cuestión se resuelve a favor del taxi ya que los autobuses salen a horas bastante intempestivas. Sobre la segunda, decidimos tomar uno de esos autobuses turísticos que dan una vuelta por la ciudad, esperando que nos de una visión global de los monumentos que nos quedan por ver y que tampoco haya que castigar mucho los pies.

Nos dirigimos a la plaza Albertina, donde se encuentra la oficina de Turismo y la salida de los autobuses rojos, la compañía que al final escogemos. Como tenemos que esperar cincuenta minutos aprovechamos para pasear un poco por el centro de Viena. Entramos en el Palacio Dorotheum, una casa de subastas pública donde Mercedes y Mariona se dedican a ver escaparates para concluir que no hay ningún ‘chollo’ a la vista que merezca la pena esperar a la hora de la subasta.

Ya en el autobús nos colocamos en la zona con toldo. A los nórdicos les encanta ponerse al sol y enrojecer como gambas sin miedo al cancer de piel, pero el sol es impresionante y más de una hora sobre la testa puede ser peligroso. Aunque a diferencia de las plazas de toros , el tendido de sol y el de sombra son la mismo precio, elegimos la sombra.

La visita avanza y le doy al gatillo de la cámara como si fuera un japonés enfervorecido. De hecho cuando nos cruzamos con un grupo de japoneses les saludo y fotografío con respeto y cordialidad nipona, lo que no sé bien por qué, les deja patidifusos.

Pasamos por los edificios de la ONU y por el Prater donde vemos la Riesenrad, una noria gigante. El recorrido tiene una parada y para nuestra sorpresa es en la Kunst Haus, lo que nos reconcilia con la mañana pues era uno de los lugares que habíamos renunciado a visitar por no andarlo buscando. Se trata de un edificio remodelado por el pintor Friedensreich Hundertwasser con la curiosa idea de imitar a la naturaleza, desterrando en lo posible las lineas rectas, las simetrias y las repeticiones. La casa es sorprendente: columnas diferentes fachadas onduladas, vegetacion en balcones y terrazas, cerámica y colores vivos combinados para ofrecer un espectáculo arquitectónico que todo el mundo dice que le recuerda a Gaudí pero a mi modo de ver eso solo es en parte cierto pues en lo que me recuerda al genial arquitecto de la Sagrada Familia es en su originalidad, precisamente en que no es parecido a ningún otro estilo u obra.

De vuelta al centro decidimos buscar otro restaurante recomendado por la guia para comer. Es la cervecería Wieden Bräu y está cerca del mercado de Flohmarkt, pero en un golpe de metro nos acercamos allí. El lugar es muy agradable, comemos en un patio a la sombra, en unas mesas bajo unos chambaos de madera y rodeados de vegetación, pero la comida deja mucho que desear. Con lo bien que hemos comido en Viena nos vamos a ir con un mal sabor de boca. Los filetes están demasiado hechos y decidimos no tomar ni postre, de Wieden Bräu lo máximo que podemos recomendar es la cerveza y los pretzel de mantequilla.

Volvemos al hotel y allí nos encontramos con nuestro taxista. Se trata de un eslovaco que ha estado en Cuba y ha hecho transporte de mercancías a la fábrica de Seat en la Zona Franca y que está muy contento de poder hacer un despliegue de su escaso vocabulario español. El Mercedes que conduce lleva aire acondicionado lo que agradecemos sobremanera. En el Aeropuerto no tenemos que esperar demasiado y en el vuelo de vuelta no consigo ver el paisaje de los Alpes, pero cuando llegamos a la costa española puedo ver Roses y el Paní, toda la bahia y el Alt Empordá de noche, con Figueres iluminada , alineada con Pont de Molins y La Jonquera.

Al desembarcar en Girona, recogemos el coche del aparcamiento y regresamos a casa, cansados pero felices, con la agridulce sensación de haber visto solo una pequeña parte de una ciudad magnífica y con la firme determinación de volver a Viena, en una época del año algo más fresca y sin campeonatos de fútbol.

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Capital Imperial

El recorrido turístico ha empezado por la mañana en la Iglesia de San Agustín, la Augustinerkirche donde se casaron Francisco José I y Isabel de Baviera (Sissi). En esta iglesia católica cada misa se acompaña de un concierto que Mariona tenía interés en escuchar.

El Palacio Imperial de Hofburg, se encuentra al lado de la iglesia. Tras pasar una puerta monumental y bajo una bóveda enorme, se encuentra la entrada a los museos de la Platería imperial con un despliegue de las diferentes vajillas tesoros y adornos de mesa de los Hausburgo, el Museo Sissi sobre la vida de la emperatriz y los apartamentos imperiales. Conscientes de nuestro poco tiempo querríamos haber visitado solo los apartamentos imperiales pero la entrada era conjunta e incluía la audio-guia en español que de alguna manera marcó el ritmo de la visita.

No nos arrepentimos, sin embargo, de visitar con detenimiento un lugar donde el adjetivo más apropiado es “impresionante” porque de una forma consciente toda la pompa y el boato de la corte, el lujo y el arte acumulado, el protocolo y las tradiciones se unieron durante siglos con el propósito de impresionar al visitante como una muestra patente del poder del emperador.

Salimos con la impresión de que por mucho maquillaje que le quieran poner los austriacos a la Emperatriz para seguirla vendiendo como un reclamo turístico, Isabel de Wittelsbach tuvo que ser una neurótica insoportable.

La parte posterior del Palacio que cuenta con unos extensos jardines estaba invadida por las zonas destinadas a los forofos del fútbol a los que se concentraba allí para ver los partidos en pantallas gigantes en una versión moderna del “pan y circo”.

Fuimos a comer a Salm Bräu, la misma cervecería del día anterior pero esta vez conocedores de la contundecia de la carta hemos elegido con mesura para no empapuzarnos de carnaza. Un par de “sartenes” regadas con cerveza nos han permitido pasar a la siguiente visita, el Palacio Belvedere bajo, donde queríamos ver la obra de Gustav Klimt, especialmente el famoso cuadro de “El beso”. Nos dirigimos hacia allí atravesando el jardín botánico de la universidad.

El sol y el calor ha sido agobiante durante todo el día, pero a la salida del museo tenía tintes dramáticos. No ha quedado más remedio que retirarse al hotel para una siesta reparadora, tras la cual la parte futbolística de la expedición ha partido hacia el estadio y Mercedes y yo hemos ido a recorrer Viena y a disfrutar de su repostería.

Por la noche mientras tiran los penaltis yo actualizo mi blog a través de la wifi de pago (3€, media hora) del hotel y más tarde llegan del estadio, emocionados y contentos Miguel Angel y Mariona que viene completamente afónica.

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Aqui también bailan los caballos

El bufet del Tower Airo no era nada del otro mundo. Tenía además de forma inexplicable tres niveles: los grupos en un comedor, los huéspedes “normales” en otro y una tercera categoría en la cafetería que por el surtido del bufet debía ser de huéspedes “selectos” venir rebotados de otro hotel nos incluyó solo en la categoría de “normales”. Nada más desayunar Miguel Angel se fue en taxi al “Tiket point” a ver si encontraba entradas para el partido. Por si acaso me había vuelto loco me preguntó si querría ir en caso de que hubiera entradas. No se lo tuve en cuenta y sencillamente le dije que “por supuesto que no”. Uno no abdica de sus principios porque esté en Viena o haya entradas.

Después de recoger el poco equipaje que habíamos desplegado nos llevaron en taxi al otro hotel, donde dejamos las maletas para irnos a ver el espectáculo de los caballos de la Escuela de Equitación Española de Viena. No teníamos entradas porque el proceso de adquirirlas por Internet era sorprendente. Podían adquirirse en línea pero la única forma de entrega contemplada era el envío por correo certificado. Es como si después de recibir un fax para entregarlo lo tradujeran a morse. Por supuesto un intenso intercambio de mensajes de correo electrónico no permitió encontrar una alternativa viable. Muy germánicos ellos, los austriacos carecen también de imaginación para salirse de la raya pintada en el suelo por más lógica que ello tenga.

Tuvimos suerte y a pesar de las amabilísimas y erróneas indicaciones de una señora que viajaba en el tranvía, llegamos sin contratiempos a la plaza Josef I donde nos encontramos con Miguel Angel, eufórico porque había encontrado entradas para el partido de fútbol España-Italia y entramos a ver el espectáculo ecuestre comprando en taquilla unas entradas del piso superior desde donde lo vimos bastante bien el espectáculo que resulta impresionante.

Aunque los movimientos de los caballos que parecen bailar y que son coordinados en todo momento fascinan a cualquiera aunque no entienda de caballos, las explicaciones de un experto son muy útiles para apreciar ejercicios de gran dificultad como el galope lento o los cambios de pata cada pocos pasos. Mariona nos explicaba los detalles técnicos que apreciamos mucho más que los parlamentos del presentador entre un ejercicio y otro, en un correctísimo alemán y un ininteligible inglés.

    
    
    
    

Aunque estaba rigurosamente prohibido “para no asustar a los caballos”, yo hice fotos tranquilamente pues no usaba flash y con el ruido que había estoy seguro que los caballos no oirían bajar el botón de mi cámara digital.

A la salida mientras pensábamos a donde dirigirnos caímos en la cuenta de que era sábado y por tanto el único día que en el Flohmarkt o mercado de las pulgas se podían ver los puestos de antigüedades. Allá que fuimos y nos dimos un paseo por un mercado de frutas y verduras sorprendente, lleno de olores y abarrotado de frutas exóticas de las más diversas procedencias que hacía suspirar a Mercedes, ¡quien tuviera este mercado en Figueres!, decía.

Paramos a tomar una cerveza en un puesto que tenía buena pinta. Al leer la guía nos dimos cuenta de que estaba recomendado. Decidimos comer en otro que recomendaba y que por la numeración no debía andar lejos. Nos levantamos y dimos dos o tres vueltas buscándolo y comprobando que la numeración seguía un criterio caótico para finalmente encontrarlo. Era justamente el puesto que estaba delante de donde nos habíamos tomado la cerveza. Lo teníamos a dos metros. El lugar se llama “deli” y los menús, baguels incluidos nos recordaron las comidas de Nueva York, comimos estupendamente y salimos a dar una vuelta por el resto del mercado, que finaliza a las 17:00 aunque a las 16:30 había puestos que ya estaban recogiendo.

Mariona encontró una botella de cristal blanco para su colección, Mercedes no encontró los pendientes ni piezas iguales para montarlos de coral rosa que deseaba para hacer juego con un collar de ese color y material y en general el lugar nos pareció muy interesante aunque la solana de la tarde animaba poco a entretenerse.

    
    
    
    

Regateando como un jabato Miguel Angel consiguió hacerse con un equipo completo de “hincha” para acudir al partido: Chistera y bufanda de los colores nacionales y bandera española. Y de esa guisa se paseó hasta el hotel jaleado y admirado por cuantos se cruzaban en nuestro camino incapaz de pasar desapercibido.

Después de una siesta reparadora hemos dado un paseo por el centro, visitando la catedral para acabar cenando en Figlmüller un restaurante que recomendaba la guía, de larga tradición y excelente cocina tradicional. Para empezar no tenían cerveza, solo el vino de fabricación propia -excelente blanco, por cierto- y las raciones eran más que generosas. El filete empanado (Figlmüller Schnitzel) se salia sobradamente por todos los bordes del plato y la ensalada de patatas que lo acompaña (Erdäpfel-Vogerlsalat), en plato aparte es realmente deliciosa. También probamos el Emenntal empanado (Emmentaler gebacken mit Sauce Tartare) y el Goulash con gnoquis. Pero hay que ir con hambre acumulada para salir indemne de las cantidades de cada plato. Yo solo conseguí dormir tranquilo aquella noche gracias a mi previsión al llevar varias dosis de “Almax”. Sin embargo la cuenta fue bastante moderada.

    

Antes de ir al hotel decidimos dar una vuelta y aprovechando la Viena Card, nuestro vale de transporte dimos una vuelta nocturna en el tranvia numero uno, para ver los edificios iluminados sin hacer sufrir los pies. Sin embargo, el calor sofocante no nos dejó disfrutar completamente del paseo y llegamos al hotel cansados y acalorados.

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No voy al fútbol

Para cualquiera que me conozca eso es tan evidente como que por la mañana sale el sol, pero como hoy iniciabamos viaje a Viena, había que andar explicándolo: «Pues no, no vamos a ver el fútbol«. En mala hora se nos ocurrió dirigir nuestro viaje de «fin de semana/con puente» a la hoy capital futbolística de Europa.

Por la mañana, a pesar del sol, he tenido un despertar nebuloso. Espalda rigida, dolor de cabeza, mal presagio para salir de viaje. La mañana ha pasado rápida y pronto estaba en casa repasando la lista de las cosas que había que meter en la maleta, maldiciendo de nuevo las absurdas medidas de seguridad en los aeropuertos y la proscripción de equipaje que hacen las compañías de bajo coste. Al final he podido tomar una decisión sobre la distribución de mis diez kilos de equipaje de mano.

Hacia tiempo que teníamos reservado nuestros billetes y hotel en Viena. Nunca sabremos que grado de malicia hubo en Miguel Ángel cuando hábilmente nos convenció para ir en estos días críticos a la capital austriaca y luego de forma completamente inocente, «darse cuenta» de que allí se celebraba la Eurocopa y «a lo mejor» jugaba allí España.

Con ese handicap y la terrible sensación de que no íbamos a ver la ciudad oculta por una marea de hinchas y borrachos, salimos hacia el aeropuerto y embarcamos sin más contratiempos en el vuelo de Ryanair que nos llevaría a Bratislava, en Eslovaquia a unos 60 km. de Viena. Nuestro taxista nos estaba esperando con el típico letrero y nos llevo hacia Viena en medio de un atardecer precioso por un paisaje llano donde abundaban los generadores eólicos.

Paisaje

En Viena llegamos sin contratiempos al hotel. La joven recepcionista tenia una sonrisa de oreja a oreja y era tan extremadamente amable que me cayó mal. No lo puedo remediar, los simpáticos en exceso me revientan. No tardó en darme la razón ya que después de comprobar el ordenador nos dijo que había un pequeño problema, bueno, que no era tan pequeño, pero que «por suerte» tenía la solución. El caso es que el hotel tenia «overbooking» y no había habitaciones. Por suerte la empresa tenía otro hotel muy próximo y algo mejor y nos alojarían allí por el mismo precio y nos llevarían en taxi inmediatamente y sin coste alguno para nosotros.

Se me puso una mala uva de esas muy difíciles de contener y aunque mi educación hizo la mayor parte del trabajo, me imagino que la cara no engañaba. Le pedí que nos enseñase en un mapa donde estaba el otro Hotel y sacó un mapa del metro y tranvías. El hotel estaba al lado de la ultima estación de una línea, así que le dije que ni hablar del peluquín, o sea «in any way» dicho en británico, lo que acompañado de un expresivo gesto con la mano nos llevó a la realidad de que por más que discutiéramos había una realidad de la que no podíamos escapar. Aquella noche no dormiríamos en el Hotel Artis de Viena.

Seguimos negociando y entre indignadas alusiones a la policía y a la estafa que suponía reservar -con pago a cuenta- habitaciones que no existen, y añadiendo muy serios que no habíamos venido al fúrbol, que éramos turistas, que queríamos ver Viena y que queríamos un hotel «dentro» de Viena. Finalmente nos hicieron una oferta aceptable. Nos alojaríamos en el otro Hotel por una noche, nos llevarían y traerían en taxi y esa noche podíamos dejar allí las maletas mientras salíamos a cenar, cuando volviéramos, nos llevarían al otro Hotel. Aceptamos la propuesta y nos fuimos a cenar a una cervecería próxima que nos recomendaron y para la que nos dieron unos vales para invitaciones por cuenta de la casa.

Codillo

Salm Bräu es una cervecería cercana al Museo Belvedere ‘bajo’ en la misma calle Rennweg que el Hotel. Allí nos acomodamos en el patio, pues aunque era ya de noche, hacía calor. Nos trajeron una carta en español y elegimos unos costillares a la brasa y un codillo regado con cerveza. Las raciones de todo eran generosas y hubo consenso en admitir que el codillo era el mejor que habíamos probado en nuestra vida, con la piel crujiente y la carne jugosa, todos comimos más de lo prudente para una cena.

De regreso al Hotel, nos llevaron al Airo Tower Hotel, donde nos alojaríamos esa noche y a donde llegamos cansados y acalorados. Yo le eché un «Almax» al codillo para calmarlo y me tumbé en la cama a sudar y dormir.

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