Cartografía de la Guerra de la Independencia

Los mapas son probablemente los primeros documentos multimedia porque combinan texto e imágenes de formas variadas y contienen un código que adecuadamente interpretado permite obtener más información que las simples formas lineales del mapa: la información volumétrica o de alturas.

Como la fotografía intentan reflejar la realidad existente, para lo cual, de forma paradójica la alteran de forma que se puedan introducir claves conteniendo información, variando los colores según las alturas trazando divisiones administrativas que nunca encontraremos en el terreno o representando fuera de escala elementos como las carreteras para hacerlas visibles.

Sitio de Rosas, 1808

Casi todas las facetas de la cartografía se relacionan con temas que me interesan: los gráficos, los sistemas de información, …por si fuera poco, hoy en día la cartografía está muy relacionada con la aviación, el espacio y la informática, otros de mis temas de interés.

Y por último –pero no menos importante- la cartografía es un elemento imprescindible tanto en la actividad militar como en la historia.
Y son estos dos últimos aspectos los que sobresalen en una obra magnífica que ha llegado a mis manos. Se trata de “Cartografía de la Guerra de la Independencia”, una publicación de Ollero Ramos editores y Publicaciones del Ministerio de Defensa que se enmarca dentro del conjunto de obras de calidad que con motivo del bicentenario de la guerra de la Independencia se están publicando.

Al libro le acompaña un CD que contiene los 1622 documentos que recopila el libro y aunque la gestión de los mismos se hace lamentablemente desde un programa en Flash, sin que se tenga acceso a los datos en un formato estándar, al menos los archivos están accesibles en un directorio. El precio recomendado de venta al público es de 70 euros, nada exagerado teniendo en cuenta la calidad de la edición.

Antes dependíamos de la publicación en facsímil de las láminas. los que acompañan esta publicación son de una resolución aceptable y permite, por ejemplo, imprimirlos a un tamaño suficiente para colgar en nuestro despacho la reproducción de un mapa histórico de un lugar que nos resulte entrañable o próximo, a un tamaño visible.

Cartografía de la Guerra de la Independencia, Ministerio de Defensa, Madrid 2008, 550 páginas, 22×29 cm., ISBN: 978-84-9781-410-2

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Roses en 3D

Para lo poco que veo la televisión, me he enterado por la mañana mientras desayunaba, que Roses es la primera ciudad española que aparece en Google Earth modelada completamente en 3D, aunque por ahora sus edificios aparecen sin textura, en color gris. Solo algunos edificios significativos de la población pueden descargarse en forma de archivos KMZ desde la web del Ayuntamiento.
Me parece estupendo. Espero que eso anime la ‘digitalización’ no solo de Roses sino de todo el Ampurdán porque cuando uno compara la información que puede encontrarse de Nueva York o de Figueres en Google, hay un abismo: la brecha digital, que dicen.

Roses en 3D

Para ver las imágenes hay que istalar la versión 4.3 de Google Earth y tener marcada la pestaña «Edificios 3D».
La nueva versión de Google Eart trae unos mandos de navegación bastante peores que los de la versión anterior. El diseño mucho más moderno se lo podían haber guardado, yo prefiero que sean cómodos de usar y estos no lo son. Además no desaparecen completamente quedando marcados en las capturas de pantalla.
No cabe la menor duda de que la digitalización ofrece muchas expectativas de negocio a Roses. A la gente le gusta saber a donde va a ir y también recordar donde ha estado, eso hace que la presencia de Roses en 3D la impulse como lugar de preferencia.

Roses en 3D

De todas formas, Roses es un pueblecito de pescadores de los años cincuenta, arrasado por el crecimiento desenfrenado de la construccion y el turismo en los años sesenta a ochenta que desde los noventa intenta recuperarse, controlar sus tumores y hacerse más amigable para sus turistas y sus habitantes permanentes. En los últimos años Roses ha hecho obras que han cambiado completamente su aspecto. El cubrimiento de la Rambla, el paseo marítimo, el puerto deportivo, los accesos a la población desde Figueres, el acondicionamiento de la fortaleza de la Ciudadela, la lonja del pescado -su cofradia de pescadores «El Posit de Pescadors», es la más potente de España- y ahora su presencia en Google Earth ha convertido a Roses en una ciudad moderna, donde no faltan los problemas, mayores o pequeños, como en cualquier rincón del planeta, pero donde se nota una mejoría en la calidad de vida.
Aunque creo que se aleja del modelo económico que estableció La Trinca para las poblaciones de la Costa Brava,

A l’estiu s’ha de fer el viu
que a l’hivern no hia ha caliu
Costa Brava, catalana…

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Camión Bucanero

Ya he comentado en alguna ocasión las sorpresas que se lleva uno circulando por las carreteras de l’Empordà a primeras horas de la mañana y como la realidad se entremezcla con la ensoñación y produce extrañas pseudo-alucinaciones. Quizás se trata del mismo fenómeno que el maestro Dalí describía como fuente de inspiración de su «surrealismo paranoico» y otros simplemente aseguran que se trata del «toque de la tramontana», algo que en catalán tiene mucho más sentido pues estar ‘tocat de l’ala’ es estar trastornado y ‘tocat per la tramuntana’ es ese estado de alucinación ocurrente, original y frecuentemente próxima a la genialidad -siento que el honor a la verdad me haga parecer inmodesto- en que suelen encontrarse los habitantes de esta tierra que entre el mar y la montaña dicen que es hija de un pastor y una sirena.

De nuevo columpiándome en el fino hilo que separa la consciencia del sueño y del que surgen muchas ideas, la visión de un cañón de cuento de piratas me ha inspirado un torrente de preguntas: ¿que era aquello? -un cañón, sin duda, no soñaba- ¿A donde iba ese camión con el cañón?, ¿Funcionaría de verdad?, ¡Que gozada! Ya veía la plataforma del radar abaluartada y guarnecida por piezas de a ocho avanzando por la Bahía mientras la Tramontana infla la vela…

Camión Bucanero

Un camión Bucanero. Sin duda se trataba de un camión bucanero que por las peligrosas carreteras próximas a mares cálidos aborda los autobuses de turistas para desvalijar a los orondos ricos nórdicos, cargados de joyas, oro y reproductores de MP3 para repartir el botín entre los desheredados de la fortuna, arrojados a las playas de Europa desde las pateras del hambre la miseria y la desesperación.

La cámara. Llevo aqui detrás la cámara y tengo que hacerle una foto, porque esto no se lo cree nadie.

Más tarde me ha comentado Jaume Santaló, técnico de cultura del ayuntamiento de Roses que el cañón puede ser el que utilizan los «Miquelets» de Roses en sus actuaciones, más exactamente su sección «Artillera» y casi «motorizada» diría yo.

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En las nubes

«Niño, ¡siempre estás en las nubes!», me decía mi madre cuando era pequeño. Me lo decían con cierta frecuencia. Los maestros se adhirieron a esta cantinela y yo no encontraba argumentos para contradecirles.

Estar en las nubes, ¡que más hubiera querido yo!. Cuando lo imaginaba me parecía algo maravilloso, mágico, como un sueño. Soñaba con volar entre aquellos copos blancos y en si serian densos o blandos, secos o húmedos, frescos o cálidos. Los atravesaba en mis sueños dejando agujeros o los rodeaba trazando círculos y piruetas a su alrededor.

Los miraba en el cielo y me fascinaban las formas que adoptaban encarnando animales fantásticos y objetos imposibles con formas definidas como la superficie de una coliflor exageradamente blanquecina o de bordes deshilachados como los dulces de azúcar de la feria.

En los cursos de vuelo sin motor aprendí las primeras lecciones de meteorología pero la ciencia no les hizo perder su encanto. Por el contrario, aquello fue como iniciar un romance con la vecinita que solo había podido ver a través de los cristales. Las nubes eran como indicadores en el cielo, por la mañana nos hablaban del tiempo que nos esperaba, luego señalaban el inicio de la actividad de convección y la puesta en marcha del motor que nos mantendría en el cielo y cuando subíamos a buscarlas marcaban la posición de los ascensores térmicos. Cuando llegaba a situarme bajo una de ellas, le rascaba su inmensa panza con el timón de cola, o restregaba el plexiglás de la cabina por las sedosas estribaciones de su masa gris.

Prudente, nunca me entregué a la tentación de ser aducido completamente en su seno y cuando el suelo iba a desaparecer en el mismo borde de la cabina, con un suave picado o una pizca de freno me dejaba caer por debajo de mi paraguas gigante.

En mis tiempos de paracaidista no hubo muchas ocasiones para los flirteos con las nubes, salvo en una ocasión, durante el curso de apertura manual en que fue necesario saltar aprovechando los claros que en una capa baja nos permitían ver el suelo. Saltar en caída libre no da la sensación de vértigo que la descripción sugiere y que asociamos con la noria de la feria. En general es como descansar sobre un colchón extremadamente mullido, el aire, y la falta de referencias suele privarte de la sensación de veloz caída. La compañía de las nubes varía completamente esto. Atravesar un agujero en una nube a más de cien kilómetros por hora es como caer por el hueco de un ascensor para encontrarse flotando al sobrepasar la nube que nos besa con el suave escozor de mil alfileres de agua. Con la adrenalina recorriendo a borbotones nuestras venas queda mirar el altímetro y tirar de la anilla a la altura convenida. Después, cuando la seda se ha desplegado, echar un vistazo hacia arriba es un intento inútil y el suelo nos acoge áspero y duro como el final de un sueño.

Después de esas experiencias siempre que he tenido ocasión de moverme cerca de las nubes he experimentado un gran placer. El vuelo puede experimentarse en la velocidad o la geometría de las maniobras, en la precision de los rumbos y los tiempos de navegación, pero para sentir que se vuela de una forma próxima y evidente lo mejor es contar con la colaboración de las nubes.

En el vuelo FR9026 a Bratislava, hubo un momento en que nos rodeaban inmensas paredes de nubes que formaban desfiladeros y montañas, valles y vaguadas. Con la nariz pegada al cristal y los ojos abiertos como platos para empaparme de aquellos momentos maravillosos, estaba, realmente, en las nubes.

Nota: Editado el 30/12/2023 para actualizar el método inserción de vídeo.

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Refugios y otras ruinas

La semana pasada Jordi, de la Lista de Correo de Arqueologia Militar me escribió para ver si podíamos concretar un encuentro para el que ya habíamos hecho planes en alguna ocasión.

Se trataba de explorar los vestigios de algunos de los campos de aviación que durante la guerra civil hubo en el Ampurdán. Decidimos visitar Vilajuïga qe tiene el gran atractivo de ser uno de los cmapos más nombrados en las historias de la Guerra Civil, por tratarse del último punto de concentración de la aviación republicana antes de partir al exilio y testigo de los últimos combates aéreos sobre cataluña, con los controvertidos sucesos del día 6 de febrero de 1939, relacionados con la muerte en el campo del alemán Heinrich Windemuth, así como los polémicos derribos ese día del jefe de la Escuadrilla de caza nocturna el entonces teniente José Falcó.

En Vilajuïga nos detuvimos a charlar con la señora que actualmente vive en la masía que sirvió de alojamiento a la tropa y visitamos el refugio adyacente. En relación a otros refugios de campos de aviación el de Vilajuïga tiene la particularidad de no estar enterrado, sino de ser superficial. Actualmente toda su estructura de hormigón se muestra al aire pero indudablemente se debió proyectar para ser cubierto de tierra, algo que no sé si llegó a suceder.

Refugio de Vilajuiga

Su trazado interior, aunque sigue las pautas de otros visitados es también más irregular sin corresponder a la típica planta en ‘U’ o en ‘S’ es amplio y tiene las dos salidas al mismo nivel que el resto del pasadizo. En el exterior se podía ver en sus colores hasta hace poco un arbol pintado en la ‘fachada’ a modo de camuflaje.

Después seguimos hasta el ‘Hospital de sangre’, situado en una masía próxima al campo donde aun se conserva la nave que servia de alojamiento a los heridos y el refugio, este probablemente en forma de ‘S’ por la ubicación de las salidas, pero que no pudimos visitar por hallarse inundado.

De allí fuimos a Vilabertran, donde solo nos dio tiempo para ver la estructura del hangar de construcción de aviones y un área donde según testigos de la época se montaban piezas de los aviones. En ese área buscamos con el detector de metales, pero debido a la suciedad y la cantidad de basura acumulada bajo la vegetación, encontramos numerosos restos metálicos de los cuales habrá que determinar el origen, incluidos dos casquillos de bala, aparentemente munición checa.

Refugio

En definitiva, una mañana estupenda que espero se repetirá más veces antes de que el buen tiempo de paso a la época de lluvias, tramontana y frío.

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Ser de España

Estoy asombrado con toda la intensidad que se puede estar asombrado cuando uno sabe que no lo ha visto todo en esta vida y que como a Sancho le quedan muchas otras inimaginables por ver.

Pero la explosión motivada por el resultado de la Eurocopa de fútbol, lo que ha dado en llamar algún periodista ‘la marea roja’ plantea un buen número de cuestiones interesantes.

Mi primera reacción, al oír como los periodistas jaleaban el fenómeno como ‘explosión de patriotismo’ ha sido sufrir una conmoción nauseabunda que me remitía al uso interesado del ‘pan y fútbol’ por parte del régimen franquista, donde podíamos soportar ser un país tercermundista, los parias de Europa o comparsas en el concierto de las naciones, pero siempre había una ocasión de redimir el orgullo nacional, de mostrar la superioridad de la raza y la integridad de la «reserva espiritual de occidente» en un estadio de fútbol, de forma que las gestas patrióticas memorables iban de Lepanto a Trafalgar y del Glorioso Alzamiento al gol de Zarra.

Este sentimiento de pena y rabia siguió aderezado de vergüenza al ver pasear por Viena las impresentables hordas de adefesios calzados con chanclas que remataban unas canillas peludas, cuya exhibición pública nunca debería haberse producido, saliendo de unas bermudas raídas y envueltas a modo de falda por la bandera nacional, se diría que así profanada con la finalidad de no ofrecer el impúdico espectáculo de las posaderas que sostienen un cuerpo desgarbado vestido con una camiseta roja mugrienta adornada con medias lunas de sudoración y todo ello rematado por las más inverosímiles prendas de cabeza, chisteras de bufón rematadas de toritos, pelucas de payaso fosforescente o simplemente pelos grasientos y pegajosos rodeando cabezas huecas de otro pensamiento que los monosilábicos «Oe-oe-oe-oeeee…» o el declarado patriótico «loo-lo-loo-lo…»

Es muy posible que en Viena hubiera otros aficionados algo más comedidos o elegantes, pero sin duda alguna no los recuerdo, precisamente, porque no llamaban la atención.

A este trapo del patrioterismo barato entraron de forma natural los nacionalistas, declarando de forma insidiosa su preferencia por otras selecciones diferentes del oprobioso estado que ocupa su nación sin estado. Eso me extrañó mucho menos pues estos nacionalistas esperpénticos de opereta no son más que la sombra del espantajo agitado por el otro patrioterismo monolítico y cerril de la bata de cola, la gaita y el cachirulo, y como un eco no pueden más que repetir desde otra esquina las lecciones invertidas, eso sí, de Formación del Espíritu Nacional, pero con fe de conversos y fanatismo mesiánico.

Llegado a este punto observo con asombro una serie de fenómenos inauditos. La llamada del clan futbolístico convoca unas unanimidades nunca vistas en sectores sociales y en lugares inconcebibles para este tipo de manifestaciones. Banderas españolas, banderas de toros españoles, camisetas rojas y amarillas, banderas como capa, como pañuelo, como pareo.

De forma que ese fenómeno deportivo y mediático, carente de ideología y completamente vanal conmueve profundamente al pueblo y le libera del retraimiento en la exhibición de símbolos para, exaltado y enfervorecido , sumar voces al coro de la Patria nombrada sin el habitual pudor exaltada con sonoros «¡arriba España!» que en otra ocasión concitarian protestas por su otrora significado uso por un partido único.

Unidos en lo irracional. En la masa, todos somos masa y por tanto no caben diferencias que son pijoterias intelectuales. Aqui todos somos de los nuestros y somos los mejores. Hasta los otros son de los nuestros, demostración palpable de que somos cojonudos. Y ya está. Un momento de gloria. Da igual quemarse cual mariposa en la luz si podemos vivir ese momento de gloria que nos hace sentir poderosos, queridos, envidiados, arropados por el ser nosotros cada uno y cojonudos todos.

Y aqui está. ¿Hemos llegado a la esencia del patriotismo?. Este es el sentimiento irracional que lleva a los héroes al martirio, a la tropa a subir por la colina cuando el enemigo dispara a buena cadencia trocitos de plomo duros, rápidos y mortales. Da igual porque no se puede matar al nosotros y por tanto vivir o morir carece de importancia ya que el sentimiento de triunfo y el vínculo es perfecto y lo perfecto es eterno, no puede concebirse que hubiera un tiempo en que no existía ni que vaya a tener fin. Quizás no es Patriotismo, solo es una de sus manifestaciones exteriores, o a lo mejor no tienen nada que ver y es un estado de euforia colectiva que puede ser desatado por cualquier otro sentimiento de empatía.

A mi me gustaría creer que el patriotismo es algo más racional y que el compromiso social, la fidelidad a los principios el respeto a la Ley y el aprecio a la cultura y lo que llamamos ‘nuestra forma de vida’ puede impulsar al esfuerzo y al sacrificio, al valor y al heroismo. Que puede hacerlo incluso más y mejor que el General Gonzalez Byass o el omnipresente fútbol.

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Hay que volver a Viena

Es nuestro último día en la capital austriaca. Aunque nuestro puente se extiende hasta el martes día 24, no había vuelo de Ryanair para ese día. Por la tarde a las 08:00 salimos del aeropuerto de Bratislava en Eslovaquia y tenemos que ver como vamos al aeropuerto y que hacemos por la mañana.

La primera cuestión se resuelve a favor del taxi ya que los autobuses salen a horas bastante intempestivas. Sobre la segunda, decidimos tomar uno de esos autobuses turísticos que dan una vuelta por la ciudad, esperando que nos de una visión global de los monumentos que nos quedan por ver y que tampoco haya que castigar mucho los pies.

Nos dirigimos a la plaza Albertina, donde se encuentra la oficina de Turismo y la salida de los autobuses rojos, la compañía que al final escogemos. Como tenemos que esperar cincuenta minutos aprovechamos para pasear un poco por el centro de Viena. Entramos en el Palacio Dorotheum, una casa de subastas pública donde Mercedes y Mariona se dedican a ver escaparates para concluir que no hay ningún ‘chollo’ a la vista que merezca la pena esperar a la hora de la subasta.

Ya en el autobús nos colocamos en la zona con toldo. A los nórdicos les encanta ponerse al sol y enrojecer como gambas sin miedo al cancer de piel, pero el sol es impresionante y más de una hora sobre la testa puede ser peligroso. Aunque a diferencia de las plazas de toros , el tendido de sol y el de sombra son la mismo precio, elegimos la sombra.

La visita avanza y le doy al gatillo de la cámara como si fuera un japonés enfervorecido. De hecho cuando nos cruzamos con un grupo de japoneses les saludo y fotografío con respeto y cordialidad nipona, lo que no sé bien por qué, les deja patidifusos.

Pasamos por los edificios de la ONU y por el Prater donde vemos la Riesenrad, una noria gigante. El recorrido tiene una parada y para nuestra sorpresa es en la Kunst Haus, lo que nos reconcilia con la mañana pues era uno de los lugares que habíamos renunciado a visitar por no andarlo buscando. Se trata de un edificio remodelado por el pintor Friedensreich Hundertwasser con la curiosa idea de imitar a la naturaleza, desterrando en lo posible las lineas rectas, las simetrias y las repeticiones. La casa es sorprendente: columnas diferentes fachadas onduladas, vegetacion en balcones y terrazas, cerámica y colores vivos combinados para ofrecer un espectáculo arquitectónico que todo el mundo dice que le recuerda a Gaudí pero a mi modo de ver eso solo es en parte cierto pues en lo que me recuerda al genial arquitecto de la Sagrada Familia es en su originalidad, precisamente en que no es parecido a ningún otro estilo u obra.

De vuelta al centro decidimos buscar otro restaurante recomendado por la guia para comer. Es la cervecería Wieden Bräu y está cerca del mercado de Flohmarkt, pero en un golpe de metro nos acercamos allí. El lugar es muy agradable, comemos en un patio a la sombra, en unas mesas bajo unos chambaos de madera y rodeados de vegetación, pero la comida deja mucho que desear. Con lo bien que hemos comido en Viena nos vamos a ir con un mal sabor de boca. Los filetes están demasiado hechos y decidimos no tomar ni postre, de Wieden Bräu lo máximo que podemos recomendar es la cerveza y los pretzel de mantequilla.

Volvemos al hotel y allí nos encontramos con nuestro taxista. Se trata de un eslovaco que ha estado en Cuba y ha hecho transporte de mercancías a la fábrica de Seat en la Zona Franca y que está muy contento de poder hacer un despliegue de su escaso vocabulario español. El Mercedes que conduce lleva aire acondicionado lo que agradecemos sobremanera. En el Aeropuerto no tenemos que esperar demasiado y en el vuelo de vuelta no consigo ver el paisaje de los Alpes, pero cuando llegamos a la costa española puedo ver Roses y el Paní, toda la bahia y el Alt Empordá de noche, con Figueres iluminada , alineada con Pont de Molins y La Jonquera.

Al desembarcar en Girona, recogemos el coche del aparcamiento y regresamos a casa, cansados pero felices, con la agridulce sensación de haber visto solo una pequeña parte de una ciudad magnífica y con la firme determinación de volver a Viena, en una época del año algo más fresca y sin campeonatos de fútbol.

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